domingo, 4 de diciembre de 2016

Microrelato


¿Cuantas cosas puedes comprar por un dólar?

Pásate por

sábado, 3 de diciembre de 2016

El Vecino


Vecino

Odiar al vecino es un sentimiento mucho más común de lo que muchos piensan. Aunque odiar es demasiado decir para describir el desagrado que me produce ese pequeño hombrecillo albino y su pequeño perro. Hace dos veranos, las noches y las madrugadas eran insoportables. Se le oía cantar medio borracho, otras noches después de largos silencios daba inicio el concierto de ruidos molestos. Algunas veces era el crujido de una cama. El golpe rítmico y constante de lo que imaginaba como un mete y saca. Una víctima, una puta, él no podía aspirar a nada más que a sexo de pago. Ella no hablaba, sólo lo hacía él, masticando murmullos de alcohólico envejecido. El perro dormía en la cocina sin saber que en medio de la madrugada su amo se montaba a una desconocida.
Cada vez que podía lo intentaba evitar utilizando el truco que tuviera a mano. Si coincidíamos a la hora de coger el ascensor, prefería subir las escaleras.
Un día me fue imposible evitarlo. Entraba justamente cuando yo metía la llave en el portal. Venía con una chica china, el aspecto de su cara y la piel tan estirada me dio la impresión de que nunca había sonreído, ni se había quejado por nada. Ya en el ascensor mis sospechas sobre la rareza de la chica crecieron, él no la miraba, ni le dirigía la palabra, ella miraba al corto infinito que puede haber en un ascensor.
Pasaron las semanas y yo estaba bastante contenta porque llevaba ya un tiempo sin oír ruidos molestos. Hasta que un día volvieron a empezar, ahora el mete y saca incluía diálogos
-  ¡Cállate puta! - El meneo de la cama iba en aumento, ella gemía de una forma muy extraña, eran quejidos agudos y cortos, rítmicos como el latido de un corazón sano y fuerte.
Ella casi no tenía tetas, ni culo era muy delgada y él estaba demasiado fuerte para montarla, así es que deduje que sería ella la que cada noche se clavaría un pene blanco de piel casi traslúcida.
Una noche oí el ruido en una zona distinta, salí de la cama y me eché al suelo para pegar el oído e indagar de donde venían las voces. Fue entonces cuando me dí cuenta que había dos hombres:
- Déjame zorrita, que te coja bien - decía una voz gruesa - te voy a abrir de piernas y a metértela suave - agregó. 
No estaban en la cama sino en el salón, y ahí se podían dar muchas situaciones, lo más probable es que el albino estuviera sentado en un sofá con los pantalones abajo mirando como su amigo penetraba a la chica
- Sí, gime perra, gime, hazlo bien ¿has oído? ¾ diría él
Pero la chica sería incapaz de gemir bien porque a las orientales sólo les sale esa especie de chillido como si fuera un clavo oxidado que se intenta girar a la fuerza.
Entre los dos hombres lucharían por arrebatar un quejido, un gemido que les excitara para soltar un buen chorro de leche, pensarían de forma obsesiva en salpicar a la chica, soltarlo todo encima de ella. Alguno de ellos intentaría metérsela en la boca en el último momento y conseguir rebosar toda la cavidad bucal. Pero todo eran conjeturas, tuve que cambiar varias veces de postura porque se me congelaba la oreja con el frío del suelo. Y aquí es cuando tuve que hacer esfuerzos por entender lo que pasaba. Ella en un acto de rebelión, dijo:
- Ahora tú ¾ se hizo otra vez el silencio. Esperé, no había prisa, la chica volvió a repetir - ahora tú.
Oí otros ruidos como si movieran una silla, o un mueble más pesado, puede que ordenaran todo para una nueva sesión. De pronto se oyó un gemido áspero, fuerte, se volvió a repetir, esta vez más seguido, otra vez, una vez más.
-Así, así, se oyó una de la voces, era el invitado.
-Te la voy a meter hasta dentro cabrón dijo el albino, después de eso se oyó decir  - ven aquí, que te lo vas a tragar todo puta.
Se hizo un silencio total y final.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Asfixia

La peluca asfixia las ganas


Estaba ansiosa, la almohada amenazaba con ahogarme. Curiosamente la posibilidad de casi sin respiración me atraía. Él estaba aún ahí. Esperándome. Acababa de entrar por la puerta, silencioso, pensando en que dormía. Yo sabía que en el fondo conocía mi estado, mi principio de asfixia mis ganas.
A causa de un leve suspiro dos hilos de plástico negro me rozaron la mejilla, la única parte de la cara que no estaba cubierta por la almohada. Era la peluca que solía ponerme. Fue un segundo, los pelos rascaron la mejilla y yo perdí la imagen del hombre que acababa de entrar. A partir de ese instante no fui capaz de traer a otros visitantes imaginarios. Recurrí a recuerdos, miradas robadas de hombres del metro, pero fue imposible.

Más cosillas





domingo, 3 de julio de 2016

En el piso de arriba

Cada noche intentó echarme a la cama más tarde. Ya he probado todas las formas posibles para no oír, no pensar. Sin embargo ha surgido en mí una terrible contradicción. Evito el sueño, alargo la cena, veo televisión, me adormilo en el sofá. Nada es como dormir en la cama. Entrar a mi dormitorio es sinónimo de descanso pero también y ya desde hace muchos meses, de placer y sí, a la vez quiero volver cada noche.
Los nuevos amantes, como les llamo. No pueden si no ser nuevos amantes, ya que cada noche soy testigo de sus quejidos. Al principio sólo eran movimientos, golpecillos de la cama contra la pared, pero ahora, transcurrido el tiempo he pasado a mascullar con ellos los murmullos llenos de placer, a contestar por ella cuando él le sugiere un nuevo juego ..

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